Notables y notorios

Decía Nicolás Gómez Dávila que antes había notables; hoy solo hay notorios. Y eso que el autor colombiano, fallecido en 1994, no tuvo la “suerte” de conocer las redes sociales.

La marca personal pretende convertir a la persona en un producto: en algo que se exhibe, que se subasta, que está dispuesto a venderse al mejor postor.

Vivimos en una sociedad que cree que todo se puede comprar; por tanto, todo se puede vender. Incluso uno mismo. Y eso siempre es triste: convertirnos en meretrices del dinero o de los “likes”. Visto lo que hoy se vende, parecería que vender la primogenitura por un plato de lentejas es casi un trato justo.

Triste es ver a católicos construyendo su marca personal: el yo elevado al infinito, el yo, yo, yo egocéntrico. Cuanto más católico se es, menos marca personal debería haber, porque más se parece uno a Cristo; y, por tanto, lo que buscamos es que sea Él quien se vea en todo lo que hacemos, y no nosotros.

Pero igual que no queremos una cruz sin Cristo, tampoco queremos un Cristo sin cruz.

Un catolicismo snob y pop, vendible como una religión que no moleste, aceptable para un mundo anticristiano, es un problema grave: un catolicismo en venta, o peor aún, convertido en estrategia de marketing para vender.

Triste es ver a Cristo convertido en producto.

Si Cristo expulsó a los mercaderes del templo, ¿qué haría con quienes no venden cosas, sino que se venden a sí mismos bajo el envoltorio —nada nuevo— de la “marca personal”?


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