Uvas sin pepitas


Yo no lo supe hasta al cabo de bastante tiempo pero cuando era pequeña las uvas tenían pepitas y piel.


Mi abuela me daba las uvas siempre sin piel y sin pepitas. Una a una.


Recuerdo sus manos, lentas y sabias, separando cada racimo como si el tiempo no existiera. Cogía una uva, la pelaba con paciencia, la abría con delicadeza y extraía las semillas. Luego la colocaba en un platito de loza blanca y me la ofrecía con una sonrisa que olía a hogar.


Yo no sabía entonces que aquel gesto era amor. No el amor grandilocuente, mal entendido, sólo pasional, de las películas ni el que se dice a gritos, sino el amor que se entrega en silencio, en lo pequeño, en lo que casi nadie ve y cuyo interés no es ser mostrado: ágape cotidiano.


Mi abuela hacía el mundo objetivamente mejor aunque nadie la viese y aunque nadie se diese cuenta.


Ella no necesitaba explicarme nada. Me enseñó, sin palabras, que cuidar es detenerse. Que amar es perder tiempo por otro, sin medirlo, priorizando lo importante aunque no sea popular. Que las manos que pelan una aparentemente insignificante uva son las dispuestas a sostenerte en todo momento. Tardé demasiado en descubrirlo.


Mi abuela me descubrió que su forma de estar era estar con la mirada atenta y el corazón disponible para servir a los suyos. 


“Amar significa prestar atención. No despistarse. Quien es fiel en lo poco lo es en lo mucho”. Ella lo encarnaba.


A veces pienso que esa escena resume el corazón de mi infancia: una mujer mayor entregada, una niña soñadora, un cuenco de uvas y una ternura infinita que se transmite sin discursos. “Somos una casa construida sobre una ternura concreta” ella fue la mía.


Hoy, cuando veo unas uvas, ya sin pepitas, me acuerdo de ella y me descubro repitiendo su gesto, sin pensarlo. Como si en cada pequeña atención, en cada cuidado invisible, siguiera viva diciéndome que me cuida.


Quizá eso sea la herencia más valiosa: haber aprendido que los gestos de amor no siempre se aprecian al momento, pero el corazón los reconoce y siempre dejan huella. Su pelar cada uva era un “te quiero” silencioso para toda la vida.


El modo de estar viva de mi abuela era cuidar. Y de eso va amar.





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